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A 19 años sin el padre Ernesto Martearena

Salta Por Ivan
La parroquia “Nuestra Señora de Fátima” recuerda a su parroco misionero.
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A 19 años sin el padre Ernesto Martearena

Siempre que se menciona al Padre Martearena, sea en una tertulia o en grupo de amigos, surge una sensación especial, mezclada de pena y picardía al mismo tiempo. También me recuerda aquella clásica película argentina de María Luisa Bemberg: “De eso no se habla”. Sucede que su muerte quedó envuelta en una paradójica sensación, mezcla de impunidad y misterio, aún cuando hay condenados. No esta más entre los pobres, y hace 19 años su muerte fue una sorpresa desagradable y de desconcierto para toda la sociedad salteña.

Percibí una orfandad que creía que era solo mía, y luego encontré mucha gente en la misma situación. Tenía esa capacidad de querer a la gente, sobre todo a los más pobres y marginados, como si fuesen únicos; y sabía uno que ante cualquier dificultad, la que sea, estaba él ayudando o alentando en la confianza al Buen Dios que pone las cosas en su lugar.
Fue un hombre sacerdote, profundamente convencido de su misión sacerdotal y de su fe eclesial. Ernesto fue un obsesionado tanto por el alimento de los pobres, pobreza que él conoció en carne propia desde niño, y obsesionado por la salvación de las almas. Un hombre mariano, gran devoto de la Virgen de Fátima y de los pastorcitos. Nunca dejó de rezar el Rosario de la aurora.


Comentaré dos anécdotas que justifican mis anteriores observaciones. Una noche regresábamos de cenar de Tres Cerritos y lo llevábamos a su casa en Junín y Caseros, ya que no tenía vehículo propio. En el semáforo de un importante centro comercial paraba un grupo de chicos mendigos. Conmovidos le dimos dinero y el padre Martearena, visiblemente disgustado, nos recriminó duramente diciendo: “Si ustedes siguen dando limosna, nunca los vamos a sacar de la calle”. Entendí la verdadera caridad.

Otra anécdota, todos los jueves Martearena hacía un recorrido por la jurisdicción de su parroquia visitando en sus casas a los enfermos, comenzaba a las 15 para concluir antes de la misa de 19. Eso era para él un deber sagrado. Un día llegué tarde a buscarlo. Nos turnábamos con Matías Cánepa, Federico Lanusse y Hugo Torres.

Yo llegué 15 minutos tarde, y soporté un incómodo silencio durante todo el periplo, pero cuando bajó del auto me increpó diciendo: “Por tu culpa cinco enfermos quedaron sin la unción, otra vez llegue temprano o no venga”. Entendí que la impuntualidad era un supremo acto de egoísmo. A primera hora del día siguiente sonaba el teléfono de la casa. Era el cura pidiendo disculpas en diminutivo: “¿Hijito está enojadito?, disculpe, pero otra vez venga a horario”. Hombre exigente con todos, con un ritmo frenético de trabajo, pero, exigente consigo mismo. Pobre y sencillo para vivir, con un corazón generoso y misericordioso, pero una bravura para enfrentar a cualquiera. Por eso no se entregó a la muerte. Lo conocí en el Comité de Radiodifusión en Buenos Aires, discutiendo con un funcionario de gobierno defendiendo algunos derechos de su radio FM. Como era cura, me llamaron para que lo tranquilice. Me produjo risa y ternura este hombre pequeño enfrentando a un director nuestro de casi dos metros de alto.

Lo invité a almorzar y allí pude acompañar sus preocupaciones. Pastor de los pobres, voz de los que no tienen voz. No era poderoso por eso ya no está entre nosotros. Fue un pastor con olor a ovejas, de las descarriadas y de las que fueron arrinconadas a las periferias existenciales.

 
Por Felipe Hipólito Medina, Lic. en Ciencias Religiosas

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